El Duende y el Pajarito

Érase una vez un bebe pajarito que vivía en un gran nido en el tope de un árbol de palma. El nido era tan grande que en él vivían el pajarito, con su mamá, su papá y sus cuatro hermanos. También vivían allí sus primos, sus tíos y sus abuelos y unos cuantos otros pajaritos que quién sabe quiénes eran. Todos trabajaban diariamente, construyendo recamaras, reforzando las paredes y cubriendo los huecos del techo, un gran esfuerzo para poder disfrutar de una casa grande y segura para todos.

Pero había alguien que no vivía en el nido, ni ayudaba a mejorar las cosas. Era un duende que todas las noches visitaba al pajarito para pedirle una pluma.

  • Tu eres el pajarito que tiene las plumas más lindas de todos los pajaritos del mundo. Eres especial e importante, por eso necesito una de tus plumas, y de nadie más, para ser feliz. – le decía el duende cada vez que llegaba al nido.

Al sacar la plumita dolía, y el pajarito pensaba que el duende estaría muy triste si se negaba a darle la plumita. Al fin de cuenta, él tenía muchas plumas y el duende no.

El duende lo acariciaba con ternura y le decía lo feliz que estaba con su pluma nueva del pajarito más lindo del mundo.

  • No lo cuentes a nadie, es nuestro más preciado secreto y no queremos que otros quieran que me quede con sus plumas y no con las tuyas. Además, no te preocupes, no pasa nada, muy pronto saldrán plumas nuevas y si algún día llegas a necesitar esta pluma yo estaré aquí para devolvértela y ponerla de nuevo en su lugar.

Le daba un beso y se iba.

En las mañanas, el pajarito miraba a sus hermanos aletear y jugar en el nido. Jugaban a tomar su primer vuelo y reían mientras se pisaban unos a otros. A veces pensaba en unirse al juego, pero tenía miedo de arruinar sus lindas plumas y que luego al duende no les gustaran. Mejor se quedaba muuuy tranquilo mirando el juego con deseos de jugar.

Cada dia por varios días, el duende entraba en el nido y le arrancaba la plumita. El pajarito prefería hacerse el dormido para no verlo llevarse sus plumas y para no tener que decirle que eso dolía.

Un día, el pajarito decidió atreverse a jugar con sus hermanos. Oh wao, eran muy rápidos y fuertes. Movían sus alas sin parar y saltaban una y otra vez sobre él.

  • Este juego no me gusta ni un poco- pensó el pajarito.

Entonces, mientras uno de sus hermanos se abalanzaba hacia él, el pajarito retrocedió dando tres saltitos, uno, dos, oh oh… el tres le alcanzó cuando cayó al suelo, muy, muy, muy lejos debajo de nido.

El pajarito miró hacia arriba, luego movió las alitas tan rápido como pudo para intentar volar, pero no pasó nada.

  • Bueno, pensó el pajarito, los pajaritos pequeños no pueden volar. Pero también recordó a sus hermanos que estaban a punto de lograrlo y él no.

Con mucho miedo, dio saltitos hasta llegar a un árbol que estaba cerca de su palma y se metió en un huequito para esperar la noche.

  • ¡Mi duende me rescatara! pensó, irá al nido y verá que el pajarito de las plumas más lindas no está. De seguro que preguntara por mi y saldrá con todos a buscarme. Debo quedarme cerca de la palma para que me vea cuando baje.

En efecto, al caer la noche el duende fue al nido a buscar su pluma. Cuando no encontró al pajarito, tuvo miedo de que alguien más lo viera en el nido. Nadie sabía que ellos compartían un secreto. Además sabía que la mamá pajarito se pondría furiosa si supiera que le había estado quitando plumas a su hijo. Salió muy silenciosamente y decidió no regresar por algún tiempo.

Al otro día, el pajarito con hambre y frío salió del hueco del árbol y miró a su mamá y a su papá sobrevolando los alrededores de la palma. Sus hermanos también habían comenzado a volar en círculos. Su familia había salido a buscarlo.

El pajarito respiro lo más profundo que pudo y luego grito – MAMA!

Su mamá lo escuchó y bajó rápidamente al suelo. Allí vio a su pequeño pajarito. Se acercó y lo envolvió con sus alas muy feliz de verlo. Luego le dio un empujoncito para que comenzara a volar.

El pajarito, feliz de ver a su mamá, intentó volar, pero no pudo. Desconcertada, la mamá notó que sus alitas estaban heridas y que le faltaban muchas plumas. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras trataba de descifrar qué había pasado.

  • No te preocupes mama, pronto pondré de nuevo mis plumas. – dijo el pajarito
  • ¿Quién te dijo que las plumas pueden volver a ponerse? – preguntó la mamá.
  • No te puedo decir, es un secreto muy muy importante. Mi más preciado secreto.

La mamá no dijo nada más y llamó a la familia para que todos vinieran a ayudar. Hicieron un plan para cuidarlo hasta que salieran plumitas nuevas..

El pajarito estaba feliz de que su familia lo cuidara. Igual pensaba que de seguro esa noche el duende vendría a devolverle sus plumas.

A la mañana siguiente, el pajarito estaba muy triste porque su duende no vino a ayudarlo, pensó que tal vez se había enfermado o se había perdido.

  • ¿Por que estas triste mi pajarito?, pregunto la mamá
  • Es un secreto – le respondió, pero ya tenía muchos deseos de contarle.
  • Hagamos algo, dijo la mamá, prometo cuidar tu secreto como mi más preciado secreto y no contárselo a nadie, ¿te parece?

Entonces el pajarito asintió y con lágrimas en los ojos comenzó a contarle a su mamá que estaba esperando al duende que se había llevado sus plumas y que prometió devolverlas cuando las necesitara y le contó que ahora estaba preocupado de que el duende no vendría.

Sorprendida, la mamá le preguntó más sobre el duende y el pajarito le contó toda la historia.

Entonces su mama le dijo:

  • Una vez se quita una pluma, no hay nada en el mundo que la pueda poner de vuelta. Esa pluma se pierde para siempre. Hay que esperar entonces a que el cuerpo sane y a que una nueva pluma crezca en su lugar. A veces nunca más vuelve a salir. El duende te ha mentido para quedarse con tus plumas para siempre.

Desconsolado, el pajarito se fue dando saltitos en la tierra hasta su huequito en el árbol. Estaba muy confundido y muy triste de pensar que el duende nunca volvería. De pensar que el duende le había hecho daño, y de pensar que ahora no le importaba.

Pasaron los días y el pajarito, con la ayuda de su familia recuperó sus fuerzas y sus plumas y una buena tarde, ¡voló por primera vez! Un vuelo de una vía hacia su nido que tanto había extrañado.

Cuando llegó al nido, se dio cuenta de que la familia había crecido y que habían bebes pajaritos nuevos al lado. Todos estuvieron muy felices de recibirlo.

Esa noche, mientras dormía, escuchó un ruido en el nido del al lado, se acerco y escucho que el duende decía:

  • Tú eres el pajarito que tiene las plumas más lindas de todos los pajaritos del mundo. Eres especial e importante, por eso necesito una de tus plumas, y de nadie más, para ser feliz.

Enfurecido, el pajarito, que ya no era un pajarito, despertó al resto de la familia y fueron todos a afrontar al duende. El duende sorprendido, intentó huir, pero todas las aves del nido se habían reunido y lo tenían acorralado.

El duende entonces se puso a llorar y juro que no estaba haciendo nada. La mamá pajarito, se acercó y le dio tres grandes picotazos en la cabeza. Luego, entre todos lo cargaron y lo llevaron lejos del nido. Lo dejaron a la orilla del mar y lo cegaron para que nunca más volviera a ver otra pluma de un bebe pajarito.

El duende lloraba desconsolado, el pajarito se acercó y le dijo:

  • Las plumas no se pueden volver a pegar, igual que tus ojos nunca volverán a ver. – Entonces dió la vuelta y se fue.

Todos regaron la voz del duende ladrón de plumas y estuvieron alerta por muchos días, pero nunca jamás se volvió a saber de él.

Pasado el tiempo, el pajarito tuvo sus propios pajaritos y todas las noches les decía:

  • Las plumas sacadas no se pueden poner de vuelta. No permitas que nadie te arrebate lo que es únicamente tuyo: tu cuerpo y tu espíritu.
  • Algunos secretos tienen que contarse, incluso los secretos más preciados.

The Umbrella

I saw him jump in the canal one rainy morning from the second floor lounge of my office building. I was waiting to meet a senior leader who would coach me in the ways of corporate life. Instead of getting ready, prepping the powerful insights of a good first impression, I was lost in thought looking out the window.

At first I did not notice him. It was raining like all the mornings of the Copenhagen Autumn and the few people walking by were wearing raincoats or, like in his case, carrying umbrellas.

I think he first caught my attention, because he was walking a little faster than others entering my line of sight and, in my day dreaming, I decided that one day I wanted to walk somewhere with the same determination as he was walking to wherever he was going. He was wearing dark green trousers, a black coat and he was carrying a hiking backpack and a black umbrella.

I was just about to tell myself the story of who he was, when I noticed that he was walking in the direction of the water, not fast, but determined. I imagined he had military training for walking in straight lines. But then, my heart skipped a beat when he jumped right into the water. He jumped in the water still holding his umbrella.

Shock and panic invaded me for the next few seconds while I looked around for others in the lounge who might have witnessed what had happened. Nobody moved. I looked outside again looking for people running to the rescue or gathering around the jumping area. Nobody moved. My heart racing, I put my hands on the glass and looked desperately for him in the water. There was no movement, the canal was still. A black umbrella gently floating above water. Nobody moved.

Someone behind me called my name, perhaps a second time. When I turned, the leader was there holding his coffee and smiling calmly. I shook his hand, sat down and listened for thirty minutes about how amazing the company’s plans were. I nodded occasionally, I said a few smart things and then we parted ways. I was no longer lost in thought. I was determined to let my head float on the waters on the canal, just like the black umbrella.

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